Tu poeta
piensa
en ti. La lejanía
es
de limón y violeta,
verde
el campo todavía.
Conmigo
vienes, Guiomar,
nos
sorbe la serranía.
De
encinar en encinar
se
va fatigando el día.
El
tren devora y devora
día
y riel. La retama
pasa
en sombra; se desdora
el
oro de Guadarrama.
Porque
una diosa y su amante
huyen
juntos, jadeante,
los
sigue la luna llena.
El
tren se esconde y resuena
dentro
de un monte gigante.
Campos
yermos, cielo alto.
Tras
los montes de granito
y
otros montes de basalto,
ya
es la mar y el infinito.
Juntos
vamos; libres somos.
Aunque
el Dios, como en el cuento
fiero
rey, cabalgue a lomos
del
mejor corcel del viento,
aunque
nos jure, violento,
su
venganza,
aunque
ensille el pensamiento,
libre
de amor, nadie lo alcanza.
***
Hoy te escribo en mi celda de
viajero,
a
la hora de una cita imaginaria.
Rompe
el iris al aire el aguacero,
y
al monte su tristeza planetaria.
Sol
y campana en la vieja torre.
¡Oh,
tarde viva y quieta
que
opuso al panta rhei su nada corre,
tarde
niña que amaba tu poeta!
¡Y
día adolescente
-ojos
claros y músculos morenos-,
cuando
pensaste a Amor, junto a la fuente,
besar
tus labios y apresar tus senos!
Todo
a esta luz de Abril se transparenta;
todo
en el hoy de ayer, el Todavía
que
en sus maduras horas
el
tiempo canta y cuenta,
se
funde en una sola melodía,
que
es un coro de tardes y de auroras.
A
ti, Guiomar, esta nostalgia mía.